Su piel perfecta surgió del agua. Mis manos sostuvieron la toalla mientras mi vista no se despegaba del piso. Repetí la venía servil de todos los días ante su presencia. Adoraba sus tobillos al igual que todo su cuerpo, pero desde mi postura sumisa no podía detallar más. En realidad, me enamoraron sus hombros, que ahora quedaban al descubierto, con esa delicada curvatura y el detalle sutil del huesillo en la parte superior.
La seguí con la veneración que no demostré cuando se giró esperando que le alcanzara su vestido. No soy más que quien prepara su estancia, como lo han hecho muchas otras ya. Pero me niego a reconocerle lo que ya se comienza a percibir en mis ojos, en mi respiración, en todo mi cuerpo. Esta historia no es la mía, es lo que no debió pasar. Que no debí estar justo allí, justo aquel momento. Ahora es tarde.
De noche la espera se hace eterna porque no hay aves, ni colores, ni rostros con sonrisas o ceños preocupados. De noche sólo existe esta angustia en mi abdomen tras su partida, la ceguera que se irrumpe por alguna sombra que pasa, alguna hoja que se mueve y mi esperanza que se dispara, deseando que sea ella.
Sería tan fácil odiarla, tan fácil. Pero en lugar de ello vivo esta tortura, que es peor que la muerte porque hace que todo sea más intenso, que la comida tenga sabor, que los colores sean más brillantes y que anhele algo que nunca voy a tener. La cabeza me va a estallar de tanto pensarla. Sólo soy alguien más, un cuerpo más. Si pudiera sentir. ¿Qué pensaría si supiera lo que siento? Seguramente arrancaría mi corazón, ese músculo cruel que me tortura manteniéndome con vida, pedazo de carne incapaz de entender que cuando late más rápido ante su presencia sólo nos pone en peligro. Ella ya lo debe saber.
Dueña de las tierras que se alcanzan a ver desde la torre más alta. No llegó hasta donde está por azar, su mérito estuvo en un principio en su desmesurada inteligencia, su habilidad para poner el mundo a sus pies y su belleza. Hasta que cruzó sus propios límites y se transformó en lo que ahora es. Mujer de hielo, ama de la noche y de mis pesadillas. Una sola mirada le basta para hacer perder el juicio, el sentido común y que no se pueda pensar sino en ella, sólo en ella, ofrendándole la vida.
Toma de nosotros simples retazos de alma, el aliento, la esperanza y con ello cobra energía. Y eso está bien porque todos tomamos algo de lo demás, pero pagamos un precio y esa es la infracción que ella comete, que sólo toma, roba. No salda la deuda, sólo deja cuerpos vacíos.
¿Qué le hizo mirarme? ¿Qué le hizo forzar mis ojos hasta encontrarse con los suyos? ¿Qué vio? ¿Acaso aquello que no pude ocultar más? Es injusta la vida, es mudo mi reclamo al cielo, tal vez porque estoy en el infierno, tal vez porque estoy demasiado lejos de cualquier dignidad que me dé voz.
Quise resistirme, pero es su voluntad. Aquí no hay forma de ganar. Lo único que hago es perder más que los demás, porque lo que siento nació sin que ella se lo propusiera, por eso mi mayor enemigo es el que llevo en el cuerpo, esa parte de mí que se entrega placentera a su propia extinción.
Era víctima de sus besos, de la agonía que dejaban y del amor que me alimentaba, esto ella no lo sabía y no iba a pasar; sería el último rezago de libertad que defendería hasta la muerte que no es lejana, pues absorbe la esencia que le da calor a mi cuerpo. Desde que asisto a su cama, a entregarle mi vida, ni siquiera puedo coordinar palabras. Ruego que nunca sepa que en cada caricia pongo algo que ella jamás sentirá por mi o por alguien más. Que el interior de mi cuerpo arde y el combustible es cada uno de sus gemidos. No he vuelto a comer más allá de lo necesario para poder arrastrarme hasta su puerta, deseando que sea la última vez, que devore de mi lo que queda porque el dolor en el pecho, el nudo en la garganta, el ardor en los ojos, cuando estoy con ella, no los puedo aguantar más.
Me siento débil y mi mirada se pierde entre el liso de su cuello y el de su cabello, en cada hilo castaño, mientras duerme sobre mí; el peso resulta cómodo, casi a mi medida. Su respiración pausada y profunda quema mi piel y el olor de su cuerpo, tan delicado como ella misma, está sellando mi fin. Me pregunto qué se habrá hecho el aire que circulaba de cuando en cuando por mis pulmones. Se habrá escapado con mi orgullo, sabiendo que ante su atractivo, no eran ya compañía para mí.
Es el fin. Su tiranía no podía durar eternamente. Cuánto me esforcé por no saber de la ejecución, de lo que vivió, pero sus gritos me acompañan a toda parte y el olor de la carne… no lo soporto.
Me duelen los ojos y no puedo leer, casi no resisto la luz, mi vida se agota pero no pensé que durara más que la suya. El mundo, mi mundo, sin ella, es una terrible agonía, sin más luz que la que hay en esta habitación; fuera de aquí, está la celebración de la aniquilación de un demonio y siento como si se burlaran de mi, de mi suerte y mi futuro, de la ironía de amar a quien más daño causa. Se empeñan en prolongar mi sufrimiento con cuidados que no dan resultado, las miradas de lástima tampoco me ayudan. No entienden que el origen del mal es otro, uno muy distinto. Pero no tiene caso hacerlo saber, me volvería una agonizante loca, tal vez me acusarían de estar posesa y no sé qué es peor.
La tonalidad del cielo me hace pensar en ella. Es el sol que nunca vi brillar. Me pregunto dónde estará, qué estará haciendo y si por ventura se acordará de mi. Su veneno circula por mis venas y me ilusiono pensando que así está un poco conmigo. Al menos yo, le pertenezco por completo. Sale de mi boca sangre, casi negra. Paz. Al fin la conseguí.
lunes 23 de junio de 2008
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